Era tu labio un dedo de Dios
y la voz el relámpago en su incendio;
era tu parpadeo el tiempo detendido:
el silencio desbordado
de los bosques en un sueño.
Ahora es tu silencio
la tormenta de luz
que ahoga mis gargantas;
ahora es tu espalda
el espacio vacío de la nada,
el futuro materializado en un muro.
Las cosas andan por ahí sin alma:
el mar, los montes, las estrellas
arrastran despacios y sedientos
una imagen tuya, un recuerdo.
Han salido de mí los huesos y la sangre
flotando sin alas
me toman por el cuello
y como serpientes me deboran el alma
para que diga tu nombre.
Más que nunca:
hoy es nunca
jueves
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